jueves, 6 de septiembre de 2018

Tirar la casa por la ventana


"Tirar la casa por la ventana"

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mariannavarro.net.Refranes
La Lotería Nacional fue instaurada en 1763 por orden del rey Carlos III.
 
A fines del siglo dieciocho y principios del diecinueve  se popularizó en España la costumbre de que las personas que resultaban premiadas tiraran por las ventanas (literalmente) todos sus muebles y trastos viejos, dado que a partir de entonces daba inicio para ellas una nueva vida sin problemas económicos.
 
La costumbre se extendió en el reino de Nápoles, entonces bajo el dominio de los Borbones. Y en la Nochevieja, como deseo de fortuna y bienestar para el año nuevo, aún se practica en muchos lugares del sur de Italia,  arrojando toda clase de objetos viejos .
 
Ése, al parecer, es el origen de la frase «tirar la casa por la ventana»; que como muchos sabemos no significa necesariamente el acto literal, sino un derroche de lucimiento y gastos en algún acto o fiesta significativos.
 
Ej.: "Los padres  tiraron la casa por la ventana en la boda de su hija".
 
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(1).- Fotos de una iniciativa del artista estadounidense Brian Gobbins llamada “Defenestration”.

jueves, 30 de agosto de 2018

Tirar los tejos


       "Tirando los tejos"
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Un tejo es un trozo de piedra caída del tejado (una teja rota), o cualquier piedra redondeada y plana utilizada para jugar.

Dentro del variado muestrario de juegos que la utilizan, destacaríamos por su antigüedad el Turmequé, juego tradicional colombiano que consiste en explotar, lanzando un disco de piedra o metal (de oro en su origen), el mayor número de mechas (sobres con pólvora) situados en el contorno de un círculo metálico.
Entre los juegos de adultos que aún vemos practicar en nuestros días, la petanca consiste también en el lanzamiento hacia un palo o un tejo situado en el centro de un círculo o figura geométrica, de bolas de piedra o discos, ganando el que más cerca sitúe las suyas, logrando alejar las de los contrarios. En su origen, los jugadores situaban unas monedas sobre dicho poste o palo, de manera que quien consiguiera derribarlas se quedaba con las que cayeran dentro del círculo. Os recordará, sin duda, al también muy conocido juego de la herradura.
Y entre los juegos de niños, la rayuela  (llamado de muchas otras formas según las zonas: tejo, avión, trúcamelo, charranca, mariola, truque o tuke, tranco, txingo, etc.) consiste en dibujar (con una tiza en la calle o líneas sobre la arena ) un recorrido que hay que salvar a la pata coja para recuperar el tejo, que se ha lanzado previamente.
Se trata, como vemos, de un juego comunitario en plena calle que convoca a un número variado de jugadores y espectadores y para gente de toda edad y sexo.
En otro tiempo, una de las formas de llamar la atención de algún espectador o espectadora consistía en  lanzar el tejo a sus pies, de manera que al ir a recogerlo se pudiera iniciar una mínima conversación para "romper el hielo" y así indicar que el lanzador (por tradición era normalmente el hombre el indicado para dar ese primer paso) estaba interesado por la chica en cuestión.
De ahí a pasar a significar el hecho de empezar a rondar a una futura novia, o declarar el interés de una persona hacia otra, fue solo un paso. De manera que cuando nos dicen que alguien "está tirando los tejos" entendemos todos que está haciendo proposiciones, dando los primeros pasos, conquistando  a quien le gusta.


martes, 21 de agosto de 2018

Tener agallas

 
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De todos es conocido el término "agallas" asociado a las aletas que protegen las branquias de los peces, es decir, su aparato respiratorio.

Sin embargo, pocos conocerán las agallas que observamos en la imagen: unas protuberancias que aparecen en los troncos de los árboles (en el roble, principalmente) producidas por enfermedad de la corteza.

Observando el parecido, no hay duda de que éste sea el motivo y origen de la expresión que atribuye valor (arrojo, ánimo, valentía) a un hombre (sexo masculino).
Aunque ahora se ve sustituido por frases mucho más explícitas que aluden directamente a los atributos masculinos, está claro que la metáfora tiene su gracia y resulta de lo más acertada :).

Solo queda indicar también que esta expresión, si bien se mantiene en muchos países sudamericanos, es sinónimo de codicia (agallá) en otros; y asimismo, indicar que el término "tener agallas" referido a una cosa o situación pasa a significar que es peliaguda, complicada.

No conviene confundirlo con el término "agallado", aplicado a una persona garbosa, elegante, ya que procede del "gallo".


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Personajes "con agallas" sin duda hay muchos en nuestra literatura, por lo que resulta difícil inclinarse hacia una obra u otra a la hora de aconsejar su lectura: desde los pícaros, pasando por Don Juan, los conquistadores, colonos, y héroes de todo tipo, son muchos los que podrían merecer esa atribución, pero hoy me decanto por una figura que, aunque mujer, sin duda cumple todos los requisitos. Me refiero a Sarah Avenzoar, personaje real y nieta del histórico médico Abu Marwan Avenzoar, que ejerció la medicina durante el siglo XII en el harén al que pertenecía. 
El relato, “La última noche”, de Francisco Gallardo (V Premio Ateneo de Novela Histórica), es un repaso a los conocimientos, vivencias y características de la época.
La ciencia médica de la época, “la edad de oro de la medicina de Al Ándalus y la más avanzada en mundo conocido”, llegó a influir incluso en la universidad europea de los siglos XVIII y XIX, explica Gallardo.

lunes, 13 de agosto de 2018

Ser un meapilas


 
Según nos dice el diccionario de la RAE sobre  la palabra meapilas , procede de la composición  mear y pila, y significa  1. m. santurrón.
 
Pero en realidad, y aunque se refiera a la pila bautismal o a los recipientes de piedra que en las iglesias contienen agua 'bendita', se aplica el calificativo a la persona hipócrita, servil, de aspecto y actos aparentemente intachables y que luego suele resultar traicionera.

¡Ni que meara agua bendita! podemos escuchar también, ante la actitud prepotente de algunos que parecen considerarse por encima de los demás.

Se trata, en fin, de un adjetivo despectivo, actualizado por el escritor Pérez Reverte en el fragmento que incluyo, motivo por el que lo he traído aquí.
 
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[...] Pero lo peor no es eso. Lo que me hace hervir la sangre es vuestra arrogante impunidad, vuestra ausencia de autocrítica y vuestra cateta contumacia. Aquí, como de costumbre, nadie asume la culpa de nada. Hace menos de un mes, al publicarse los desoladores datos del informe Pisa 2006, a los meapilas del PePé les faltó tiempo para echar la culpa de todo a la Logse de Maravall y Solana -que, es cierto, deberían ser ahorcados tras un juicio de Nuremberg cultural-, pasando por alto que durante dos legislaturas, o sea, ocho años de posterior gobierno, el amigo Ansar y sus secuaces se estuvieron tocando literalmente la flor en materia de Educación, destrozando la enseñanza pública en beneficio de la privada y permitiendo, a cambio de pasteleo electoral, que cada cacique de pueblo hiciera su negocio en diecisiete sistemas educativos distintos, ajenos unos a otros, con efectos devastadores en el País Vasco y Cataluña. [...]

[Extracto del artículo "Permitidme tutearos, imbéciles", en contra de la importancia cada vez menor y la ausencia cada vez mayor de asignaturas de Humanidades ( Literatura, Filosofía, Latín, Griego...) en nuestros centros educativos].

domingo, 29 de julio de 2018

Ser un calandracas

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  En un principio quien esto escribe, que no utiliza esta frase hecha -todo hay que decirlo-, consideraba esta expresión coloquial como un término despectivo que se aplica a una persona de aspecto descuidado, atolondrada, jaleosa, amiga de los dimes y diretes.
 
De nuevo es mi hijo quien me pide investigarla y comparto con vosotros lo que he hallado:

Recurriendo una vez más a nuestro amigo el diccionario de la RAE , encontramos:
calandraca. 2. f. vulg. Mur. Conversación molesta y enfadosa.
calandraco, ca. 1. m. y f. Am. calandrajo (persona ridícula). 

Como vemos, no hay referencia al término como adjetivo, así que indagamos un poco más en qué es calandrajo.
(Quizá de calar, bajar, y andrajo; cf. gall. calandrario).
1. m. coloq. Pedazo de tela grande, rota y desgarrada, que cuelga del vestido.
2. m. coloq. Trapo viejo.
3. m. coloq. Persona ridícula y despreciable.
4. m. rur. Sal. Suposición, comentario, invención.


Y nos quedamos con la última acepción, que creemos la más adecuada a esa persona que es tildada de ser un calandracas cuando siempre anda con chismes, historias y cuentos supuestos o inventados para ser el centro de atención. 

Otros sentidos:
Para denominar a la persona o animal que está en los huesos, tan delgado que le cuelga la piel como un andrajo (de ahí andrajoso), es decir, como cuelga la tela en un vestido roto.

Son también calandracas , según regiones, las carrasperas (1), la zurraspa (2) , los gamusinos (3) y hasta unos gusanitos que se usan para pescar.
En el plano culinario, unos dulces de Toro (Zamora) y un almíbar colombiano.
Es una palabra, como veis, ampliamente extendida y de uso variado, muy probablemente traída de allende los mares desde América.

Y relacionándolo con la literatura, tenemos una obra de Nicolás Estévanez Murphy (1838-1914) militar y político español de quien se dice que colaboró en la instauración de la Primera República española, y que colaboró con Mateo Morral en el atentado contra los Reyes el día de su boda. Se trata esta obra, Calandraca; Resumen de la Historia de España, de una recopilación de sus artículos.

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(1) carraspera.- 2. f. coloq. Cierta aspereza de la garganta, que obliga a desembarazarla tosiendo.
(2) zurrapa.- 3. f. coloq. palomino ( mancha).
(3) gamusino.- 1. m. Animal imaginario, cuyo nombre se usa para dar bromas a los cazadores novatos.

martes, 3 de julio de 2018

Más feo que Pifio (Picio)



En "El Refranero General Español: parte recopilado, y parte compuesto" , obra de José Maria Sbarbi y Osuna, sacerdote andaluz (Cádiz, 1834- Madrid, 1910), filólogo y musicólogo, encontramos una referencia "de primera mano" sobre el personaje que nos ocupa, ya que el autor declara haberle conocido por referencia de personas cercanas al mismo.
Fue este tal Francisco Picio un zapatero de Alhendín (Granada), a quien, por motivos desconocidos, habían condenado a muerte en el periodo de la invasión napoleónica. Estando en capilla, en los momentos previos a su ejecución, le llegó la noticia de la concesión del indulto. Se dice que por la emoción ante la noticia (o tal vez por alguna enfermedad adquirida en prisión), la reacción anímica fue tan virulenta que perdió el pelo del cuerpo y unas pústulas deformaron su rostro, afeándolo de tal forma que nunca quiso quitarse en público el pañuelo que ocultaba en parte su deformidad (prenda, por otra parte, habitual entre los serranos andaluces), motivo por el que fue expulsado de Lanjarón, pueblo donde se había refugiado. Según se cuenta, murió en Granada capital a los 60 años de edad y la probada exageración andaluza lleva su fealdad al extremo de asegurar que el cura le dio la extremaunción con una caña.
Sea como fuere, su fealdad le dio la fama y la permanencia en la memoria de todos a través del refranero y su sentido es tan claro, que no requiere más explicación:
Algo que es muy, muy feo, es "más feo que Picio".

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Aparte de su uso habitual entre el pueblo llano, la comparación ha sido ampliamente utilizada en nuestra literatura, desde "El sombrero de tres picos" de Pedro Antonio de Alarcón, pasando por Galdós, Unamuno, los Álvarez Quintero y un largo etcétera. Encontramos aquí un detallado artículo firmado por Andrés Cárdenas y publicado por el periódico Ideal.
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