miércoles, 9 de noviembre de 2016

Morder la mano que te da de comer


Tuve un perro, Gus, mezcla de doberman y pastor alemán, al que acogí tras leer un anuncio ofreciéndolo (tenía solo dos meses, y había aparecido en el campo en un criadero de perros de raza; por lo que no fue bienvenido). Estuvo ocho años conmigo... murió envenenado. Pensamos que quizás comió veneno para ratas, pues había por entonces una plaga.

 Dibujo de MANUEL MARTÍN MORGADOLa anécdota que quería contar con relación a nuestro refrán de hoy es la siguiente: Había otro perro que le tenía inquina(1)  y siempre se gruñían cuando nos cruzábamos en el paseo. El perro tenía amo, pero casi siempre vagaba solo.
 El caso es que en uno de esos encuentros, y en esa ocasión iba con el amo (quizás eso lo envalentonó), el perro decidió pasar a la acción y se lanzó a pelearse. Mi perro se defendió. El susto al verlos enzarzarse fue mayúsculo y mi  reacción fue meter la mano entre ellos para intentar separarlos cogiendo a Gus del collar.
 Los afilados colmillos me hirieron y comencé a sangrar. Cuando mi perro me oyó quejarme y vio la sangre, simplemente se paró, aulló lastimeramente y dejó la pelea, aun a riesgo de que el otro animal le dañara.
 El dueño pudo entonces coger a su perro y volvimos a casa.
 Supongo que es lo suficientemente explícito: Un perro jamás muerde la mano que le da de comer.
 Las personas, sí. La ingratitud está a la orden del día, y el egoísmo, el orgullo, hacen olvidar que "de bien nacidos es ser agradecidos".
 De ahí que se use este dicho para definir la ingratitud.
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 Un relato breve, hasta ahora inédito, de la escritora Charlotte Brontë (1816-1855), autora de Jane Eyre, fue publicado por el London Review of Books en inglés y en el idioma original en que fue escrito por la autora británica: el francés. Se trata de “L’ingratitude”, firmado el 16 de marzo de 1842 y redactado como una tarea impuesta por su tutor, el belga Constantin Heger.
 La traducción es la siguiente:
Una rata, hastiada de la vida de las ciudades y de las cortes (porque ya había jugado su parte en los palacios de los reyes y en los salones de los grandes señores), una rata a quien la experiencia había hecho sabia, en resumen, una rata que de cortesana se convirtió en filósofa se había retirado a su casa de campo (un agujero en el tronco de un olmo joven y grande), donde vivió como un eremita devoto dedicando todo su tiempo y cuidado a la educación de su único hijo.
La joven rata, quien todavía no había recibido aquellas severas pero saludables lecciones que la experiencia da, era un poco irreflexiva, los sabios consejos de su padre parecían aburrirlo, la sombra y la tranquilidad de los bosques, en vez de calmar su mente, lo cansaban. Creció impaciente por viajar y ver el mundo.
Una mañana, se despertó temprano, preparó una pequeña bolsa con queso y granos y, sin decir ni una palabra a nadie, el ingrato abandonó a su padre y a su casa paterna y partió hacia tierras desconocidas.
Al principio todo le parecía encantador, las flores eran más frescas, los árboles eran de un verde que él nunca había visto antes en su casa, y también vio muchas maravillas: un animal con una cola más larga que su cuerpo (era una ardilla), una pequeña criatura que llevaba su casa en la espalda (era un caracol). Después de un par de horas, se acercó a una granja, el olor de la cocina lo atraía, entró en el corral y entonces vio una especie de pájaro mágico que estaba haciendo un horrible ruido mientras marchaba con un aire temerario y orgulloso. El pájaro era un pavo, pero la joven rata lo vio como si fuera un monstruo, se asustó por su aspecto e inmediatamente huyó.
Llegando la noche, ingresó a un bosque, aburrido y cansado se sentó a los pies de un árbol, abrió su pequeña bolsa, comió su cena y se fue a dormir.
Al despertarse por el canto de la alondra, sintió sus miembros entumecidos por el frío, su dura cama lo lastimaba; en ese momento pensó en su padre, el ingrato se acordó del cuidado y la ternura de la vieja rata buena, y formuló promesas vanas para el futuro, pero era demasiado tarde, el frío congeló su sangre. La experiencia fue para él como una amante austera, ella le dio una lección pero también un castigo; estaba muerto.
Al día siguiente, un leñador encontró su cuerpo, lo vio como algo asqueroso y lo pateó sin pensar que ahí yacía el ingrato hijo de un amoroso padre.
Hallado en:
 
Ejercicio propuesto: Muy simple, comentarlo en clase. Tiene mucho sobre qué reflexionar.
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(1) inquina.- ( http://www.rae.es  )
(Quizá derivado del cultismo inquinar). 1. f. Aversión, mala voluntad.

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