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martes, 25 de agosto de 2020

De esta vida sacarás lo que disfrutes, nada más.



Desde los primeros filósofos que en el mundo han sido, una de las preocupaciones fundamentales , junto a la de la existencia de la divinidad, es la necesidad del bien y la búsqueda del placer como resultado de ese hacer el bien o sentirse bien.

Y aunque cada uno pone el concepto del "disfrutar" en distintos objetivos, ya sean materiales como espirituales, con solo que rascásemos un poquito veríamos que la cuestión subyacente a esas preocupaciones es siempre la misma: ¿Por qué y para qué estamos aquí desde que nacemos hasta que morimos?

Y creyendo o no en un más allá, o en otra vida, o en la reencarnación, o... todos somos más o menos conscientes de que "nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, que es el morir" (Manrique) y también de que en el tiempo que pasamos aquí,  verdaderamente son muchos más los momentos malos que los buenos.

Por eso no es extraño que nuestro romancero se aplique en esos consejos o sentencias muchas veces contradictorias para indicarnos algunos caminos que ayuden a encontrarnos mejor: no envidiar a otro, conformarte con lo que tienes pero sin dejar de intentar crecer y progresar, no vivir como pobre para morir rico, tener siempre una meta, algo por lo que luchar... es lo que estamos viendo a través de este repaso de algunas de las joyas de nuestro refranero.

Es difícil, insisto, precisar en dónde o en qué está la felicidad, y aunque el desengaño sea evidente en multitud de ocasiones y pueda llegar la falta de ilusión y hasta de las ganas de vivir, la realidad es que hay que seguir viviendo para conseguir cumplir una nueva ilusión, llegar a una nueva meta.

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Creo que para completar el comentario de hoy, es muy adecuado este cuento de Jorge Bucay, incluido en "Cuentos para pensar", titulado "El Buscador":

Esta es la historia de un hombre al que yo definiría como buscador. Un buscador es alguien que busca. No necesariamente es alguien que encuentra. Tampoco es alguien que sabe lo que está buscando. Es simplemente alguien para quien su vida es una búsqueda.

Un día nuestro Buscador sintió que debía ir hacia la ciudad de Kammir. Él había aprendido a hacer caso riguroso a esas sensaciones que venían de un lugar desconocido de sí mismo, así que dejó todo y partió. Después de dos días de marcha por los polvorientos caminos, divisó Kammir a lo lejos, pero un poco antes de llegar al pueblo, una colina a la derecha del sendero le llamó la atención. Estaba tapizada de un verde maravilloso y había un montón de árboles, pájaros y flores encantadoras. Estaba rodeaba por completo por una especie de valla pequeña de madera lustrada, y una portezuela de bronce lo invitaba a entrarDruida en el bosque, de Jonathon Earl Bowser. De pronto sintió que olvidaba el pueblo y sucumbió ante la tentación de descansar por un momento en ese lugar.

El Buscador traspasó el portal y empezó a caminar lentamente entre las piedras blancas que estaban distribuidas como por azar entre los árboles. Dejó que sus ojos, que eran los de un buscador, pasearan por el lugar... y quizá por eso descubrió, sobre una de las piedras, aquella inscripción. “Abedul Tare, vivió 8 años, 6 meses, 2 semanas y 3 días”. Se sobrecogió un poco al darse cuenta de que esa piedra no era simplemente una piedra. Era una lápida, y sintió pena al pensar que un niño de tan corta edad estaba enterrado en ese lugar…

 Mirando a su alrededor, el hombre se dio cuenta de que la piedra de al lado también tenía una inscripción. Al acercarse a leerla, descifró: “Lamar Kalib, vivió 5 años, 8 meses y 3 semanas”. El buscador se sintió terriblemente conmocionado. Este hermoso lugar era un cementerio y cada piedra una lápida. Todas tenían inscripciones similares: un nombre y el tiempo de vida exacto del muerto, pero lo que lo contactó con el espanto, fue comprobar que, el que más tiempo había vivido, apenas sobrepasaba 11 años. Embargado por un dolor terrible, se sentó y se puso a llorar.

El cuidador del cementerio pasaba por ahí y se acercó, lo miró llorar por un rato en silencio y luego le preguntó si lloraba por algún familiar.

- No, ningún familiar – dijo el buscador - Pero... ¿qué pasa con este pueblo? ¿Qué cosa tan terrible hay en esta ciudad? ¿Por qué tantos niños muertos enterrados en este lugar? ¿Cuál es la horrible maldición que pesa sobre esta gente, que lo ha obligado a construir un cementerio de niños?

El anciano cuidador sonrió y dijo:

"Puede usted serenarse, no hay tal maldición, lo que pasa es que aquí tenemos una vieja costumbre. Le contaré... Cuando un joven cumple quince años, sus padres le regalan una libreta, como ésta que tengo aquí, colgando del cuello, y es tradición entre nosotros que, a partir de entonces, cada vez que uno disfruta intensamente de algo, abra la libreta y anote en ella: a la izquierda, qué fue lo disfrutado…, a la derecha, cuanto tiempo duró ese gozo. ¿Conoció a su novia y se enamoró de ella? ¿Cuánto tiempo duró esa pasión enorme y el placer de conocerla? ¿Una semana, dos? ¿tres semanas y media? Y después… la emoción del primer beso, ¿cuánto duró? ¿El minuto y medio del beso? ¿Dos días? ¿Una semana?

¿Y el embarazo o el nacimiento del primer hijo? ¿y el casamiento de los amigos? ¿y el viaje más deseado? ¿y el encuentro con el hermano que vuelve de un país lejano? ¿Cuánto duró el disfrutar de estas situaciones? ¿horas? ¿días?…

Así vamos anotando en la libreta cada momento, cada gozo, cada sentimiento pleno e intenso... y cuando alguien se muere, es nuestra costumbre abrir su libreta y sumar el tiempo de lo disfrutado, para escribirlo sobre su tumba. Porque ése es, para nosotros, el único y verdadero tiempo vivido."

Jorge Bucay
 

martes, 11 de agosto de 2020

"De aquellos polvos vienen estos lodos"



Sinónimo de suciedad, el polvo que se va acumulando en nuestros muebles consiste en partículas finas y volátiles que fácilmente se pueden quitar con solo pasar un trapo. Pero cuando ese polvo es en la calle donde se acumula, ( desgraciadamente pensamos que por ser de todos se puede manchar y estropear impunemente en lugar de cuidarla) sólo basta un poco de agua para convertirla en lodo, barro, y entonces resulta mucho más difícil de limpiar.

Por ello, nuestro refranero sentencia en este caso que si los hechos aparentemente simples y sin repercusiones notables se dejan pasar, pueden llegar a convertirse en grandes problemas.

Por ejemplo, sabemos por experiencia que todos los grandes desfalcos y estafas son resultado de la acumulación de pequeños fraudes y que en la educación, es mejor corregir la rama tierna que comienza a crecer torcida que después enderezar el árbol.

Goya tituló uno de sus caprichos "Aquellos polbos", retratando al acusado de brujería y hechicería (con el gorro del sambenito, del que ya hablaremos) en un juicio  de la Inquisición, por fabricar polvos que utilizaba en pociones para enamorados.

Aprovecho para aclarar que no tiene nada que ver, como he leído en algún foro, con el dicho actual de "echar un polvo", ya que éste está relacionado con la sentencia ya comentada: " Recuerda, hombre, que polvo eres y en polvo te convertirás".

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Me llamo barro aunque Miguel me llame.
Barro es mi profesión y mi destino
que mancha con su lengua cuanto lame.

Soy un triste instrumento del camino.
Soy una lengua dulcemente infame
a los pies que idolatro desplegada.

Como un nocturno buey de agua y barbecho
que quiere ser criatura idolatrada,
embisto a tus zapatos y a sus alrededores,

y hecho de alfombras y de besos hecho
tu talón que me injuria beso y siembro de flores.

Fragmento de: "Me llamo barro...". Miguel Hernández